El dinero es como el papel higiénico
vivir sin él, pero cuando lo necesitas, mejor tener un poco de más que
un poco de menos."
Y ahora, para reforzar la asociación con el papel higiénico, unas
imágenes de unos cuantos billetes cuyo valor facial es inferior al del
papel sobre el que están impresos: los dólares de Zimbabwe.
A este niño no es que le haya tocado la lotería; es que le acaban de
dar una limosna por un valor, calculo, de unos diez o veinte céntimos
de euro (observen su sonrisa, angelito). Cuando los billetes pierden
tanto valor que no vale la pena seguir acarreándolos, la gente se los
regala a los pobres, que ya se encargan de canjearlos por billetes de
denominaciones más altas. Obsérvese que el valor facial de los
billetes que alcanzan a verse es de doscientos mil dólares cada uno.
Este señor trae consigo el dinero necesario para pagar el menú del día
en el restaurante:
Seguramente el valor de sus billetes será muy superior al del fajo que
llevaba el niño. El gobierno de Zimbabwe cada poco tiempo emite
billetes de denominaciones cada vez más altas (un millón, diez
millones, mil millones). Cuando las cifras ya se hacen incómodas,
digamos 10 elevado a 12 y cosas así, renormaliza los valores y emite
"nuevos dólares" con un valor de un billón de dólares antiguos, medida
que se ha tomado varias veces.

Este fenómeno inflacionario ya ha superado el anterior récord, el de
la Alemania de entreguerras. Para que luego se diga que un país
africano no puede alcanzar a Alemania en algo, de la misma forma que
tiene toda la pinta de que España pronto podrá compararse con Japón.
Porque Japón es un país en el que los hijos viven con los padres
hasta los 60 en una casa cuya extensión no se mide
en habitaciones, sino en futones ("en mi casa caben cuatro futones",
"jo, qué lujo, Suneo") y reciben de los progenitores en herencia
la hipoteca de doscientos millones de yenes (el yen tiene un valor
del orden del que tenía la peseta) mientras hay cientos de miles
de casas vacías que llevan así diez años y que se tasan en un valor
tres, cuatro, seis veces inferior al que tenían
cuando se construyeron, pese a lo cual nadie puede comprarlas porque
aunque el equivalente nipón del euribor anda por el cero por ciento, o
inferior, los bancos no le conceden un crédito ni al emperador Akihito
que fuera a la sucursal con un aval del presidente de la Sony
en una mano y en la otra una pokebola llena de
duendecillos que convirtieran la paja en oro.
Menos mal que ninguna crisis económica dura mucho. Japón sólo lleva
así unos dieciocho años. Nosotros saldremos mucho antes, sin duda,
porque en tejido industrial, infraestructuras, inventiva, civismo,
investigación y desarrollo, y espíritu de sacrificio, los japoneses no
nos llegan a la suela del zapato. También nuestra liga de fútbol le da
cien vueltas a la de Japón, por ejemplo. Y nuestro pueblo tiene mil
veces más redaños y sabe rebelarse cuando está en peligro lo que le
importa: cuando el Sevilla y el Celta estuvieron a punto de ser
descendidos a segunda división, las manifestaciones populares dejaron
en mantillas cualquier cosa que en esas ciudades haya ocurrido con
cuenta a la reconversión industrial y tonterías de ésas. Para que
luego digamos que en España no nos moviliza la cultura.
